Universidad del Cauca

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Reseña del libro Cholas y pishtacos de Mary Weismantel

Por: 
Cristóbal Gnecco Valencia
Profesor titular e investigador del Departamento de Antropología de la Universidad del Cauca.
editorialuc@unicauca.edu.co

Cholas y pishtacos fue publicado por Mary Weismantel, profesora de Northwestern University, en 2001. Al año siguiente obtuvo los premios más prestigiosos que se otorgan en Estados Unidos a un libro en antropología. No poca cosa. Sin embargo, por razones que tienen que ver con las políticas académicas globales, marcadamente coloniales, el libro no se tradujo al español hasta ahora. Hace poco más de dos años propuse a Mary traducir el libro y publicarlo en la Universidad del Cauca. El asunto funcionó y, por suerte, en el camino pudimos vincular al Instituto de Estudios Peruanos como co-editor. El resultado de un proceso largo de traducción y revisión, de consulta y de suma de voluntades, es este libro soberbio que hoy tengo el inmeso gusto de presentar a ustedes.

El libro es una versión revisada y ampliada de la tesis doctoral que Mary inició en Zumbagua, un pueblo cerca a Latacunga, en Ecuador. Sin embargo, es mucho más que una tesis puntual realizada en un lugar específico. Es una indagación amplia sobre las nociones de raza, sexo, clase y género en los Andes. Para hacerlo Mary partió de sus observaciones etnográficas, informadas por una sofisticada teorización que acude, con igual soltura, a Sigmund Freud y a Bertolt Brecht, a Lévi-Strauss y a Marisol de la Cadena. El relato está hábilmente tejido con citas de los principales etnógrafos que han trabajo en Perú, Bolivia y Ecuador, extranjeros y locales. También aparecen la literatura, la fotografía y la escultura. El novelista José María Arguedas ocupa un lugar argumental tan importante como el fotógrafo Martín Chambi. El libro es un collage impresionante, sensible y erudito, en el que la riqueza retórica de la buena narrativa se une a la perspicacia de un agudo ojo etnográfico. Una obra extraordinaria, pues, que nos hacía mucha falta tener en español.

Los protagonistas principales del libro, pero no los únicos invitados a sus páginas, son la chola y el pishtaco, dos figuras muy familiares en los países andinos.  Tan familiares y tan cotidianos que son difíciles de definir y, por contera, de atrapar. Por ejemplo, la chola es indígena para los blancos de las ciudades y blanca para los indígenas campesinos.  Es mujer para las mujeres (y símbolo de autonomía y de independencia frente al orden patriarcal) pero es machona para los hombres. A través de ellos Mary ve las relaciones racializadas y sexualizadas entre mujeres y hombres, entre campesinos e indígenas, entre habitantes de las ciudades y del campo, entre ricos y pobres, entre los llamados blancos y los no blancos. La chola y el pishtaco son más que figuras reales y más que figuras míticas. Son ambas cosas (o ninguna). Igual de fácil puede decirse que las cholas existen pero los pishtacos no o que los pishtacos son más reales que las cholas. Pero el asunto es otro: cómo las relaciones entre las personas se encarnan y definen por medio de ciertas nociones poderosas que se usan pero no se analizan, se dicen pero no se piensan. La chola y el pishtaco son tanto el reflejo de las relaciones sociales como su punto de origen. Definen lo que somos y somos definiéndolas. Son parte fundamental de la arquitectura social de nuestros países. Su existencia no se pregunta; se atestigua. Controlan, limitan, proscriben. Inquietan, claro, pero esa inquietud rara vez conduce a su interpelación. Mary Weismantel sí lo hace: interpela a la chola y al pishtaco de la misma manera que dios y el diablo, otras figuras que nos definen, han sido interpeladas por otras tradiciones del pensamiento crítico.

El libro está dividido en tres partes: “Extrañamiento”, “Intercambio” y “Acumulación”. La primera tiene la intención de mostrar que las nociones centrales del libro, la chola y el pishtaco, “son invenciones culturales que utilizan la raza para separar a las personas… Ambas figuras expresan un extrañamiento ineluctable que sienten los habitantes de los Andes respecto a ellos mismos, sus sociedades y los demás”. Ese extrañamiento ha solidificado la relación desigual entre el yo de la modernidad y sus otros exteriores de tal manera que parezca eterna, incontestable e inatrapable. Aunque es típicamente moderno —fue representado tanto por El Grito de Edvard Munch como por la anomia de Durkheim y el entfremdung de Marx—, ese extrañamiento es localmente andino y encarna sus atavismos más execrables y duraderos: el patriarcado, el racismo, la vulneración sexual, la desigualdad económica, las normativas de género. La segunda parte, “Intercambio”, invierte el sentido de la parte anterior: ya no el extrañamiento, pues, sino la acción que “pone a las cosas y a las personas en movimiento, lanzándolas unas contra otras”. Ese movimiento produce conflictos latentes y muchas veces sordos pero capaces de violencias difíciles de imaginar. De una manera torcida, pero que Mary muestra en toda su terrible complejidad, el intercambio se convierte en el lado necesario del extrañamiento, en la parte más visible de las relaciones sociales en los países andinos. La tercera parte se llama, no en vano, “Acumulación” y trata con la forma como los sentidos otorgados a la chola y el pishtaco se han sido sedimentado pero también actualizando con las tranformaciones de las últimas décadas. Mientras acumulan cosas a su alrededor, esas figuras acumulan capacidad emblemática. Claro: se acumula dinero y cosas (carros, herramienras, ropas) pero también prestigio y distinciones raciales. El blanco no es sólo el no indígena de la ciudad; también es quien ha acumulado rasgos de blancura tan obvios pero tan imperceptibles como los pies bien tratados, la piel no quemada o el consumo de una manzana en el mercado.

Cada parte tiene dos capítulos en contrapunto: en la primera parte, por ejemplo, el capítulo “Ciudad de indígenas” contiene el análisis de los blancos en territorio indígena y de los indígenas en la ciudad mientras el capítulo “Ciudad de mujeres” analiza la racialización y sexualización de los espacios públicos y privados (el mercado, el lugar de la chola, frente a la casa, el lugar de la señora blanca). La estructura polifónica y contrapuntística no es accidental. Es una escogencia deliberada que muestra que para Mary el texto no es un mero epifenómeno de su etnografía sino un elemento constitutito fundamental de su osada propuesta interpretativa que es, cómo no, abiertamente política porque el libro muestra que las relaciones sociales en los países andinos aún son violentamente jerárquicas y desiguales e invita a confrontrarlas. Expone su transparencia porque se han vuelto prácticamente invisibles. Están allí, estructurando nuestra vida, pero parecen no tener permeabilidad analítica. Son, pero no deberían ser. Por eso un libro como este es de vital importancia en la coyuntura actual, en la que se quiere redefir las nociones centrales de la vida social y reestructurar las relaciones que las han determinado. Hoy, pues, es tan actual, relevante y oportuno como hace 16 años, cuando fue publicado en inglés. Su lectura no es un solo un placer debido a su fina escritura sino una experiencia transformativa si somos suficientemente sensibles y atentos. Sólo me resta sugerirles que lean este libro portentoso.

 

 

 

 

Cholas y Pishtacos. Relatos de raza y sexo en Los Andes 

Mary Weismantel